Mirando hacia el cielo negro, la fragancia dulce y pesada de la hierba mojada le trae el recuerdo de su aullido en la espesura del bosque.
Y con él, el inicio de un camino sin retorno.
* * *
Un asiento duro y plastificado, dentro de una cabina hermética, donde no podía escuchar lo que hablaban los policías, la llevaba a un lugar desconocido.
Una contradicción entre miedo, dolor, y, la sensación de liberación por quien le había provocado ese desagarro la vestían en ese momento.
El mar a lo lejos le hablaba:
-Sarah, has hecho lo correcto.
Acariciando el tacto resbaladizo del maletín con su portátil y los grabados de la bolsa de equipaje, pensó:
-Va conmigo todo lo que necesito, llevo meses viviendo así. Mis hij@s están bien.
De repente, recordó que fuera de ese habitáculo hermético, había personas pendientes de su proceso.
Le pareció entender que durante un tiempo estaría incomunicada, se apresuró a llamarles:
-estoy bien. Entro en un protocolo de seguridad y posiblemente no podré hablar por un tiempo. Os quiero.
* * *
Han transcurrido dos meses desde ese viaje en asientos duros de plástico e impersonales.
Encerrada, las educadoras han tomado el control de una gran parte de su vida, y esa manada de lobas heridas con las que convive, sólo le traen la necesidad imperante de huir de allí.
¿Imaginas lo que te pasaría si te acercases a una loba herida enjaulada?
Ahora imagínate a ocho así para su recuperación.
Unas con medio cuerpo azul por los morados, otra la mandíbula rota sin poder hablar, otra secuestrada para ser violada… Y todas con una herida común, la aniquilación de su profundo femenino.
Ese desgarro en el alma no deja impasible a nadie.
Sarah observa las miradas apagadas, siente el dolor de las demás y sostiene el suyo. Esquivando el zarpazo o mordisco de turno, la vida le trae que debe despertar de nuevo sus colmillos y garras.
Es hora de marcar territorio.
Sí, es verdad, un sistema las está protegiendo, pero con una cuerda tan corta atada a sus almas, ¿cómo van a recuperarse?
Esas lobas echan de menos la humedad y rugosidad de la Tierra bajo sus pies. Respirar el aire fresco que les trae la sabiduría de la luna. Los baños en el lago.
El aullar libres durante la noche, para despertar la salvaje que llevan dentro.
¡La manada! ¡Qué lejos estaba de ellas!
Mirando esa noche de cielo negro, escucha la fragancia de la hierba húmeda y espesa, Sarah, en un microsegundo, cambia.
Empieza a contar a las otras cuentos, donde unas lobas con un desgarro en el alma, recordaban por el olor y ojos brillantes en la espesura de la noche quienes eran.
Así fue como lentamente sus corazones latientes empezaron a reconocerse en el dolor.
Poco a poco los zarpazos y mordiscos se apaciguaron para dar paso a una danza por momentos frenética y liberadora.
Ella dio un paso muy difícil que la liberó para siempre de ese hombre, pero ahora, protegida y encerrada, ha descubierto que las que creía sus protectoras, no son más que carceleras.
Dentro de un microsistema jerárquico regentado por mujeres, replicando acciones del masculino distorsionado.
Sin poder salir, comiendo y bebiendo lo que le dan, vuelve su mirada hacia el cielo negro, escudriñando una brecha por la que escapar.
Aún no lo sabe, pero pronto las carceleras la empujaran a ser la líder de la manada.
Abrazo,
joana p.
PD1: esta historia va antes de la ya publicada “la ensalada que me bajó los pantalones”.
PD2: puedes leerlas por separado, pero si lees esta primero y luego la ensalada verás que tiene un sentido. Y sino lo encuentras, recuerda, puede decirme.